miércoles, 7 de mayo de 2014

El psicoanálisis - Velmiro Ayala Gauna


En el amplio rancho donde funcionaba la comisaría de Capibara-Cué, se encontraban, en la mañana de un cálido verano, los más distinguidos representantes de la autoridad policial lugareña, vale decir, don Frutos Gómez, el comisario; Luis Arzásola, el oficial sumariante, y el cabo Leiva, amén de un agente que cebaba mate para los tres primeros.
La conversación, aburrida por falta de temas, se arrastraba de silencio en silencio, cuando Arzásola, de pronto, interrogó:
— ¿Conoce usted el psicoanálisis, don Frutos?
— No, m’hijo... Ese circo nunca vino por acá.
El cabo Leiva interrumpió diciendo:
— Circo lindo nicó era el Olivood, Joligú que le decían algunos que se daban de leídos. Traiban una mocita alambrera con unos pantaloncitos muy ajustados que sabía hacer unas pruebas de equilibrio muy difíciles.
— ¡Pero, no! No hablaba de eso, yo dije psicoanálisis.
— Ya te dije nicó que el “circo Análisis” no vino por acá, al menos desde que soy comesa-rio. ¿Gringos los dueños, pa?
— ¿Qué dueños?...
— Los del circo... los Análisis esos, pues.
— ¡Oh, señor! Parece que lo hicieran a propósito. Yo dije psicoanálisis, de “psico”, que quiere decir alma y “análisis”, investigación o sea la investigación del alma.
— ¿Y por qué pa no hablás en cristiano, m’hijo?... Yo a esos idiomas extranjeros no los entiendo.
— Yo sí... —dijo el cabo vanidosamente—. ¡Y hay que oír cómo hablamos con el “Mister” ‘e la estancia!
— ¡Pero si apenas sabés la castilla, qué vas a hablar en gringo!— se rió el comisario.
— Y de no, don Frutos. Fasilidá que tiene uno.
— Pero eso es imposible —exclamó el oficial—. ¿Cómo va hablar un idioma sin conocerlo?
— Yo no sé, pero cuando él me ve, me dice “Tuyuyú jú” (Cigüeña negra) y yo le contesto “Juera güey pirú” (Fuera buey flaco). Dispués me dice “Uruguay” y yo le rispondo “Paraguay”...
— iJa...ja!—se lanzó a reír Arzásola—. ¡Qué fantástico! ¿Sabe lo que pasa, comisario?
— No... Y si vos sabés, esplicate, pue...
— Muy bien. El inglés le dice “How do yo’u do”, que quiere decir “¿Cómo le va?” y cree que Leiva le contesta “Very well, thank you”, o sea “Muy bien, gracias”. Entonces se despide diciéndole “Good bye” que significa “adiós” y se va convencido que el cabo le ha contestado lo mismo. Lo que pasa es que en inglés esas palabras se pronuncian muy parecidas a lo que él entiende.
— ¡Vea si serán atravesaos los gringos pa la conversa!—dijo el aludido—. Si alguna ve me nuembran comesario del mundo yo le voy a obligar a todos a que haulen bien, así como haulamos nosotro u séase en castilla o en guaraní, lo idioma’el crestiano y no ese entreviero’e palabras.
— Bien —continuó el oficial— volviendo al psicoanálisis. Es una ciencia muy útil para la policía.
— ¡No me diga! —expresó don Frutos interesado.
— Sí, comisario. Mediante preguntas bien calculadas se con sigue que el delincuente sea delatado en sus respuestas por el subconsciente.
— ¡Qué lástima que aquí no haya subconciente! Supo haber un subcomisario y una vez vino un subteniente pa las elecciones, pero subconciente no conocí... ¿Y qué grado es? ¿Encima’e sargento, pa?
— El subconsciente... —prosiguió el oficial sumariante con inagotable paciencia— es aquella parte de...
— Parate, m’hijo... —interrumpió don Frutos— que aquí viene doña Moncha muy apurada... Vamos a ver qué le pasa.
La noticia que trajo la buena mujer fue que, cerca del boliche, detrás de un corral, habían encontrado malamente herido a don Casiano, el resero, por lo que lo habían llevado, sin pérdida de tiempo, a casa de doña Belén, la curandera.
Rápidamente fueron hacia el rancho de la “médica” y allí hallaron al hombre, con la cabeza y el hombro derecho vendados, en estado de semi-inconsciencia.
— ¿Qué tal, pa, doña Belén? ¿Hay peligro que se corte?...
— No, don Frutos... Ya dentró a bajarle la fiebre, pero va a tener pa rato...
— ¿No dijo nada?...
— Nada, se quejaba nomás...
El comisario lo observó detenidamente y volvió a preguntar:
— ¿Algún hachazo o qué?...
— Pa mí... —respondió la vieja—, un garrotazo que le agarró’e refilón la cabeza y le rompió l’islilla…
— ¡Ah!
— Endemás tenía los bolsillos’e la blusa daos güelta y sin un peso...
— Pa robarlo entonces jue...
— Sí, pero no le encontraron una bolsita llena’e plata que tenía colgada al pecho... Aquí está...
— Güeno —dijo don Frutos—. Voy a llevarla a la comesaría pa que allí la reclame cuando sane. De mientras cuídelo, doña.
— Pierda cuidado, don Frutos, como si juera’e la familia lo voy a tener...
Los policías se despidieron y fueron al lugar donde se había encontrado al herido. Numerosos árboles rodeaban el corral de palo a pique. Muy cerca de él pasaba un tortuoso sendero que, no lejos de allí, empalmaba con el camino real.
— Don Casiano haberá dejao el boliche medio en tranca y agarrao por aquí, como de costumbre, porque es más cerca —expuso el comisario.
— El malhechor, sin duda —intervino el oficial—, lo habrá esperado escondido detrás de esos troncos...
— Así parece —confirmó el superior.
Observaron el lugar donde el hombre había caído. El fino polvo estaba aplastado y conservaba malamente la forma del cuerpo. Unas manchas oscuras eran los rastros que quedaban de la sangre vertida. A su alrededor había confusas pisadas de hombres y animales. Revisaron concienzudamente el lugar y hallaron entre la hierba algunas monedas y una gruesa rama con rojizas señales.
— Con esto le pegaron —exclamó el oficial—. Si pudiéramos sacarle las impresiones digitales.
— No hace falta. Dejame estudear el asunto. Pa mí el creminal lo esperó escondido atrás ‘e ese paraíso y cuando el viejo Casiano pasó le abajó el garrotazo. Felizmente, de apurao o por la escuridá, le erró el viandazo y por eso le agarró el costado’e la cabeza y le rompió el huesito ése del hombro...
— La clavícula, señor...
— Será, pa nosotro es l’islilla. Dispués le revisó y le sacó la plata que encontró en la blusa.
— Si le acierta bien lo dijuntea —afirmó el cabo Leiva.
— Menos mal, así sólo tendremos que meterlo preso por robo y heridas y no por muerte, qu’es cosa más seria...
— Pero antes hay que saber quién es, señor.
— ¡Claro, pues!... Pero ya lo agarraremos. Ande ha de ir el güey que no are...
El comisario fue y habló con don Pedro el bolichero, luego consultó con los parroquianos que habían estado esa noche en el negocio. De un rancho se trasladó a otro, conversó, tomó mate, siguió conversando y tomando mates y cuando hubo efectuado todas sus averiguaciones quedó con dos sospechosos alojados en la comisaría.
Eran dos peones que habían conducido una tropa de hacienda para el carnicero y luego habían permanecido en el pueblo a la espera de otra ‘changa”.
Los dos habían estado en el negocio jugando al monte la noche anterior y salido con intervalos de minutos, un rato antes que don Casiano, y sus explicaciones no eran muy satisfactorias.
Uno decía que como había perdido todo lo que llevaba encima había ido hasta donde se alojaba a buscar más dinero y que, al volver, encontró el negocio cerrado por lo cual volvió a dormir.
El otro dijo que después que perdió los veinte pesos que se había propuesto arriesgar esa noche y para no caer en la tentación salió a caminar y se estuvo un rato largo sentado sobre una piedra a orillas del río.
Ninguno, sin embargo, pudo citar testigos o presentar pruebas en favor de su aserto.
— Pa mí —decía el comisario— es uno de estos dos... L’otra gente qu’estuvo esa noche son gente vieja’el pueblo y no son capaces’e una jechuría mesejante con don Casiano. ¿Y a vos qué te parece, oficial?...
— Yo comparto su opinión, señor...
— Güeno, pero ¿cómo hacemos pa saber quién es?...
— Si usté me deja, don Frutos —dijo el cabo Leiva— yo los hago hablar con una güena estaqueada...
— ¡No sea bárbaro, cabo!—saltó Arzásola—. Hay que proceder con métodos humanos. Déjemelos a mí...
— Güeno —accedió don Frutos— te los dejo hasta mañana. L’único que te pido es que los tengás sin comer y sin darles agua. ¡Total! Un día de ayuno no hace mal a ninguno...
Un poco a regañadientes el oficial consintió a esta última petición y procedió a interrogarlos.
Toda la noche estuvo valiéndose de las preguntas más sutiles sin ningún resultado. Finalmente gritó y amenazó, con gran contento del cabo Leiva y del agente de turno, pero tampoco obtuvo fruto alguno. Cuando, cansado, renunció a su tarea para ir a dormir, no había sacado nada en limpio.
Él también tenía el convencimiento de que uno de los dos era el culpable, pero no acertaba a determinar cuál de ellos era. Desesperado, acudió a sus libros y, a la mañana siguiente, después de saludar a don Frutos, dijo:
— Vea comisario. Ayer no conseguí nada, pero hoy espero tener éxito porque voy a aplicar el psicoanálisis.
— Metele nomás, muchacho... L’único que te repito es que los tengás sin comer y sin agua lo mesmo que si jueran a comulgar. Eso ayuda.
El oficial hizo traer a uno de los detenidos y le dijo:
— Le voy a decir una serie de palabras y usted me va a contestar lo primero que le venga a la cabeza. ¿Entendió?...
—No...
Una y otra vez repitió Arzásola su explicación y al fin logró hacerse entender.
Empezó:
— Blanco.
— Blanco.
— Rancho.
— Rancho.
— ¡Oh! dígame otra cosa, lo primero que se le ocurra.
— Y no se me ocurre nada, pues, sino lo que usté me dice…
Después de luchar media mañana decidió probar con el otro de modo diferente.
— Vea —le dijo—, aquí tiene una serie de palabras. Léalas y abajo de cada una escriba lo que le venga en gana, ¿sabe?...
— Sí, oficial, pero el caso es que no sé escrebir.
Viéndolo sudoroso y fatigado don Frutos le invitó:
— Mirá, mandalo adentro otra vez y descansá un poco...
—Gracias, don Frutos…
Cuando hubo cumplido el mandato y vino a sentarse junto al viejo, éste le preguntó, después de alcanzarle un mate:
— ¿Y cómo pa trabaja el sircoanálisi ése que decís vos?...
— En lo sustancial no es sino el estudio de las palabras o de los actos que dicen o realizan las personas en forma inconsciente, para relacionarlas con un hecho determinado.
— ¡...Cha que sos difísil. m’hijo! ¿Y qué pa e’inconsciente?...
— Lo que se hace sin pensar, en forma habitual y automática..., casi por costumbre, como usted, por ejemplo, cuando está preocupado, se tira de la barba...
— ¡Ajá!...
— Con esos actos el individuo, sin querer, se traiciona y suelta cosas ocultas.
Don Frutos pensó un rato y dijo:
— ¿Sabés que tenés razón, m’hijo? Mirá, no te preocupés má y dejame a mí que yo le voy a aplicar el sircoanálisi. A mí también me gusta el progreso.
Arzásola suspiró resignado y mansamente aceptó.
— Como usted quiera, don Frutos.
La siesta fue calurosa en extremo y los dos detenidos se desesperaban pidiendo agua al inmutable cabo o a los inconmovibles agentes.
Cuando después de su larga siesta apareció don Frutos en el local, ya lo estaba esperando Leiva.
— Mirá —dijo el viejo al cabo—. Andá a traerme unas naranjas, un plato y un cuchillo.
Cuando tuvo las cosas pedidas en su poder, el comisario acomodó sobre la mesa una naranja en un plato y a su lado colocó el cuchillo.
— Hacé pasar al más flaco —ordenó después.
El detenido vino y se quedó esperando, pensando en la clase de suplicio a que sería sometido.
— Sentate allí —invitó don Frutos— y tomate esa naranja. Dispués vamos a hablar.
Brillaron los ojos del sediento al oírlo y después de sentarse empezó a pelar la dorada esfera con todo cuidado, luego la succionó golosamente hasta la última gota, colocando las semillas en el plato.
— Ponete en el rincón y esperá —le dijo don Frutos enseguida.
Mandó al cabo que limpiase el plato y colocara sobre él una naranja y el cuchillo como antes.
Cuando el otro sospechoso oyó la invitación, se arrojó sobre la fruta, le arrancó un pedazo de cáscara de un mordisco y empezó a chuparla a los estrujones.
— Éste es... —sentenció don Frutos—. Metelo otra vez en el calabozo.
Después, dirigiéndose al del rincón, se disculpó:
— Perdoná, m’hijo, l’encerrona, pero tenía qu’encontrar al culpable y vos no tenías a naides que te hubiera visto junto al río, como dijiste. Andate nomás.
Arzásola, que no salía de su asombro, interrogó atónito:
— Pero, don Frutos, ¿cómo puede resolverlo con tanta seguridad? ¿Y si se equivoca?…
— ¡Qué me voy a enquivocar, m’hijo! El sircoanálisi no engaña...
— No entiendo, comisario.
— Sos lerdo, muchacho. ¿No les viste tomar naranjas a esos dos?
— Sí...
— Y güeno, el primero, a pesar de haber pasado desde ayer a la tarde sin probar agua, no se impacientó, peló la fruta con calma y puso las semillas en el plato; el otro, en cambio, anduvo a los empujones, se atropelló todo y tiró las cáscaras y semillas donde cayeran.
— ¿Y eso qué tiene que ver con don Casiano?...
— Que el que lo golpeó fue un atropellado que de puro nervioso le erró el garrotazo a la cabeza y le pegó solamente de refilón; dispués, de apurao, apenas si lo revisó por arribita y se jué... Perdé cuidado que si el culpable hubiera sido el primero no le fallaba ni un negro’e uña y luego le hubiera sacao hasta las medias pa ver si no tenía escondido algo. Estos tipos sin yel, tranquilos como agua’e tanque, son una cosa seria cuando les da por hacerse los malandras.
— Tiene razón, don Frutos.
— Güeno, y ahora vamos al boliche a tomar una cañita...
Salieron y a la media cuadra oyeron un alarido de angustia que erizó los pelos del oficial.
— ¿Y eso?... ¿Oyó, don Frutos?...
— Sí, pero no te apurés, muchacho. Es el cabo Leiva que le está aplicando el sircoanálisi a su modo al malevo ése pa hacerle firmar la confesión y averiguar ande ha escondido la plata que le sacó al viejo.



MODISMOS REGIONALES
• Nicó: voz guaraní sin significado real, pero que se usa para dar mayor énfasis a la expresión: “Yo nicó le dije”, por “Yo le dije”.
• Pa: otra voz guaraní con que se da mayor énfasis a la expresión.
• La castilla: el castellano.
• Hachazo: golpe dado con el filo del cuchillo o facón.
• Islilla: clavícula.
• Viandazo: argentinismo vulgar. Golpe dado generalmente con la parte plana del cuchillo o con cualquier otro objeto contundente.
• Changa: servicio o trabajo que se presta circunstancialmente, a cambio de una retribución; por extensión se designa a toda ganancia inesperada, que llega por vías no habituales.
• Monte: juego de cartas muy popular en nuestra campaña, en el que el banquero saca de la baraja cuatro naipes y volviéndola luego, va descubriendo naipe por naipe hasta que sale uno igual a otro de la mesa, el cual gana sobre su pareja.
• Estaqueada: castigo frecuente en los fortines o en los obrajes; consistía en atar con guaseas frescas, a cuatro estacas, las manos y los pies del hombre condenado a esa pena; al secarse, las guascas se ponían tensas y sometían a un verdadero martirio las coyunturas del reo.
• Encerrona: operación campera, durante la doma, en que otros jinetes encierran al caballo que monta el domador, impidiéndole que se aleje del lugar y facilitando así la tarea.
• Malandra: forma argentina de malandrín: maligno, perverso, bellaco. Designa generalmente a la gente de mal vivir.
• Palo a pique: poste clavado profundamente en la tierra. Los llamados corrales de “palo a pique” estaban constituidos por postes puestos unos a continuación de los otros, lo que les daba gran seguridad para resistir los embates de la hacienda chúcara.
• Ande ha de ir el güey que no are: expresión popular criolla, que se refiere, por extensión, al hombre de malos instintos que en cualquier lugar adonde vaya, fatalmente realizará alguna fechoría. Quiere decir don Frutos que siempre será fácil localizarlo por sus malas andanzas.
• Ni un negro’e uña: ni el pequeño espacio en que, en el extremo de la uña, suele depositarse suciedad. Expresión que responde a un habitual gesto gráfico que, señalando el extremo de la uña, se acompaña con la frase: “ni esto…”

El guardagujas - Juan José Arreola

El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.
Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:
-Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?
-¿Lleva usted poco tiempo en este país?
-Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.
-Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros -y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.
-Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.
-Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención.
-¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.
-Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.
-Por favor...
-Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.
-Pero, ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?
-Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo mediante dos rayas. Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón.
-¿Me llevará ese tren a T.?
-¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente un rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?
-Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así?
-Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna...
-Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted...
-El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario, cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.
-Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio?
-Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea.
-¿Cómo es eso?
-En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero lujosamente embalsamado en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera -es otra de las previsiones de la empresa- se colocan del lado en que hay riel. Los de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles, allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido.
-¡Santo Dios!
-Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.
-¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!
-Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos pasajeros anónimos escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner marcha atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atreven a afrontar esa molestia suplementaria.
-¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!
-¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, irritados por una espera demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación. Muchas veces provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje, y el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros, agotados y furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes.
-¿Y la policía no interviene?
-Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso. Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad, dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a cambio de esa ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el establecimiento de un tipo especial de escuelas, donde los futuros viajeros reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado. Allí se les enseña la manera correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento y a gran velocidad. También se les proporciona una especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les rompan las costillas.
-Pero una vez en el tren, ¡está uno a cubierto de nuevas contingencias?
-Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las estaciones. Podría darse el caso de que creyera haber llegado a T., y sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las personas que figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos revelan fácilmente los estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un cansancio infinito.
-Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.
-Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no debe excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como desea. La organización de los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren, suben, y al día siguiente oyen que el conductor anuncia: "Hemos llegado a T.". Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente en T.
-¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?
-Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo. Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus historias de viaje, y hasta denunciarlo a las autoridades.
-¿Qué está usted diciendo?
En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería aprehendido sin más, pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel o le obligarían a descender en una falsa estación perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna cara conocida.
-Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.
-En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales.
-¿Y eso qué objeto tiene?
-Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de traslado. Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber adónde van ni de dónde vienen.
-Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?
-Yo, señor, sólo soy guardagujas1. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F., cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: "Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual", dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren escapa a todo vapor.
-¿Y los viajeros?
Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se abandonan lores selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita?
El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al viajero, lleno de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.
-¿Es el tren? -preguntó el forastero.
El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió para gritar:
-¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice que se llama?
-¡X! -contestó el viajero.
En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren.
Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.
FIN

El hombrecito del azulejo - Manuel Mujica Lainez

Los dos médicos cruzan el zaguán hablando en voz baja. Su juventud puede más que sus barbas y que sus levitas severas, y brilla en sus ojos claros. Uno de ellos, el doctor Ignacio Pirovano, es alto, de facciones resueltamente esculpidas. Apoya una de las manos grandes, robustas, en el hombro del otro, y comenta:
-Esta noche será la crisis.
-Sí -responde el doctor Eduardo Wilde-; hemos hecho cuanto pudimos.
-Veremos mañana. Tiene que pasar esta noche... Hay que esperar...
Y salen en silencio. A sus amigos del club, a sus compañeros de la Facultad, del Lazareto y del Hospital del Alto de San Telmo, les hubiera costado reconocerles, tan serios van, tan ensimismados, porque son dos hombres famosos por su buen humor, que en el primero se expresa con farsas estudiantiles y en el segundo con chisporroteos de ironía mordaz.
Cierran la puerta de calle sin ruido y sus pasos se apagan en la noche. Detrás, en el gran patio que la luna enjalbega, la Muerte aguarda, sentada en el brocal del pozo. Ha oído el comentario y en su calavera flota una mueca que hace las veces de sonrisa. También lo oyó el hombrecito del azulejo.
El hombrecito del azulejo es un ser singular. Nació en Francia, en Desvres, departamento del Paso de Calais, y vino a Buenos Aires por equivocación. Sus manufactureros, los Fourmaintraux, no lo destinaban aquí, pero lo incluyeron por error dentro de uno de los cajones rotulados para la capital argentina, e hizo el viaje, embalado prolijamente el único distinto de los azulejos del lote. Los demás, los que ahora lo acompañan en el zócalo, son azules corno él, con dibujos geométricos estampados cuya tonalidad se deslíe hacia el blanco del centro lechoso, pero ninguno se honra con su diseño: el de un hombrecito azul, barbudo, con calzas antiguas, gorro de duende y un bastón en la mano derecha. Cuando el obrero que ornamentaba el zaguán porteño topó con él, lo dejó aparte, porque su presencia intrusa interrumpía el friso; mas luego le hizo falta un azulejo para completar y lo colocó en un extremo, junto a la historiada cancela que separa zaguán y patio, pensando que nadie lo descubriría. Y el tiempo transcurrió sin que ninguno notara que entre los baldosines había uno, disimulado por la penumbra de la galería, tan diverso. Entraban los lecheros, los pescadores, los vendedores de escobas y plumeros hechos por los indios pampas; depositaban en el suelo sus hondos canastos, y no se percataban del menudo extranjero del zócalo. Otras veces eran las señoronas de visita las que atravesaban el zaguán y tampoco lo veían, ni lo veían las chinas crinudas que pelaban la pava a la puerta aprovechando la hora en que el ama rezaba el rosario en la Iglesia de San Miguel. Hasta que un día la casa se vendió y entre sus nuevos habitantes hubo un niño, quien lo halló de inmediato.
Ese niño, ese Daniel a quien la Muerte atisba ahora desde el brocal, fue en seguida su amigo. Le apasionó el misterio del hombrecito del azulejo, de ese diminuto ser que tiene por dominio un cuadrado con diez centímetros por lado, y que sin duda vive ahí por razones muy extraordinarias y muy secretas. Le dio un nombre. Lo llamó Martinito, en recuerdo del gaucho don Martín que le regaló un petiso cuando estuvieron en la estancia de su tío materno, en Arrecifes, y que se le parece vagamente, pues lleva como él unos largos bigotes caídos y una barba en punta y hasta posee un bastón hecho con una rama de manzano.
-¡Martinito! ¡Martinito!
El niño lo llama al despertarse, y arrastra a la gata gruñona para que lo salude. Martinito es el compañero de su soledad. Daniel se acurruca en el suelo junto a él y le habla durante horas, mientras la sombra teje en el suelo la minuciosa telaraña de la cancela, recortando sus orlas y paneles y sus finos elementos vegetales, con la medialuna del montante donde hay una pequeña lira.
Martinito, agradecido a quien comparte su aislamiento, le escucha desde su silencio azul, mientras las pardas van y vienen, descalzas, por el zaguán y por el patio que en verano huele a jazmines del país y en invierno, sutilmente, al sahumerio encendido en el brasero de la sala.
Pero ahora el niño está enfermo, muy enfermo. Ya lo declararon al salir los doctores de barba rubia. Y la Muerte espera en el brocal.
El hombrecito se asoma desde su escondite y la espía. En el patio lunado, donde las macetas tienen la lividez de los espectros, y los hierros del aljibe se levantan como una extraña fuente inmóvil, la Muerte evoca las litografías del mexicano José Guadalupe Posada, ese que tantas "calaveras, ejemplos y corridos" ilustró durante la dictadura de Porfirio Díaz, pues como en ciertos dibujos macabros del mestizo está vestida como si fuera una gran señora, que por otra parte lo es.
Martinito estudia su traje negro de revuelta cola, con muchos botones y cintas, y la gorra emplumada que un moño de crespón sostiene bajo el maxilar y estudia su cráneo terrible, más pavoroso que el de los mortales porque es la calavera de la propia Muerte y fosforece con verde resplandor. Y ve que la Muerte bosteza.
Ni un rumor se oye en la casa. El ama recomendó a todos que caminaran rozando apenas el suelo, como si fueran ángeles, para no despertar a Daniel, y las pardas se han reunido a rezar quedamente en el otro patio, en tanto que la señora y sus hermanas lloran con los pañuelos apretados sobre los labios, en el cuarto del enfermo, donde algún bicho zumba como si pidiera silencio, alrededor de la única lámpara encendida.
Martinito piensa que el niño, su amigo, va a morir, y le late el frágil corazón de cerámica. Ya nadie acudirá cantando a su escondite del zaguán; nadie le traerá los juguetes nuevos, para mostrárselos y que conversen con él. Quedará solo una vez más, mucho más solo ahora que sabe lo que es la ternura.
La Muerte, entretanto, balancea las piernas magras en el brocal poliédrico de mármol que ornan anclas y delfines. El hombrecito da un paso y abandona su cuadrado refugio. Va hacia el patio, pequeño peregrino azul que atraviesa los hierros de la cancela asombrada, apoyándose en el bastón. Los gatos a quienes trastorna la proximidad de la Muerte, cesan de maullar: es insólita la presencia del personaje que podría dormir en la palma de la mano de un chico; tan insólita como la de la enlutada mujer sin ojos. Allá abajo, en el pozo profundo, la gran tortuga que lo habita adivina que algo extraño sucede en la superficie, y saca la cabeza del caparazón.
La Muerte se hastía entre las enredaderas tenebrosas, mientras aguarda la hora fija en que se descalzará los mitones fúnebres para cumplir su función. Desprende el relojito que cuelga sobre su pecho fláccido y al que una guadaña sirve de minutero, mira la hora y vuelve a bostezar. Entonces advierte a sus pies al enano del azulejo, que se ha quitado el bonete y hace una reverencia de Francia.
-Madame la Mort...
A la Muerte le gusta, súbitamente, que le hablen en francés. Eso la aleja del modesto patio de una casa criolla perfumada con alhucema y benjuí; la aleja de una ciudad donde, a poco que se ande por la calle, es imposible no cruzarse con cuarteadores y con vendedores de empanadas. Porque esta Muerte, la Muerte de Daniel, no es la gran Muerte, como se pensará, la Muerte que las gobierna a todas, sino una de tantas Muertes, una Muerte de barrio, exactamente la Muerte del barrio de San Miguel en Buenos Aires, y al oírse dirigir la palabra en francés, cuando no lo esperaba, y por un caballero tan atildado, ha sentido crecer su jerarquía en el lúgubre escalafón. Es hermoso que la llamen a una así: "Madame la Mort." Eso la aproxima en el parentesco a otras Muertes mucho más ilustres, que sólo conoce de fama, y que aparecen junto al baldaquino de los reyes agonizantes, reinas ellas mismas de corona y cetro, en el momento en que los embajadores y los príncipes calculan las amarguras y las alegrías de las sucesiones históricas.
-Madame la Mort...
La Muerte se inclina, estira sus falanges y alza a Martinito. Lo deposita, sacudiéndose como un pájaro, en el brocal.
-Al fin -reflexiona la huesuda señora- pasa algo distinto.
Está acostumbrada a que la reciban con espanto. A cada visita suya, los que pueden verla -los gatos, los perros, los ratones- huyen vertiginosamente o enloquecen la cuadra con sus ladridos, sus chillidos y su agorero maullar. Los otros, los moradores del mundo secreto -los personajes pintados en los cuadros, las estatuas de los jardines, las cabezas talladas en los muebles, los espantapájaros, las miniaturas de las porcelanas- fingen no enterarse de su cercanía, pero enmudecen como si imaginaran que así va a desentenderse de ellos y de su permanente conspiración temerosa. Y todo, ¿por qué?, ¿porque alguien va a morir?, ¿y eso? Todos moriremos; también morirá la Muerte.
Pero esta vez no. Esta vez las cosas acontecen en forma desconcertante. El hombrecito está sonriendo en el borde del brocal, y la Muerte no ha observado hasta ahora que nadie le sonriera. Y hay más. El hombrecito sonriente se ha puesto a hablar, a hablar simplemente, naturalmente, sin énfasis, sin citas latinas, sin enrostrarle esto o aquello y, sobre todo, sin lágrimas. Y ¿qué le dice?
La Muerte consulta el reloj. Faltan cuarenta y cinco minutos.
Martinito le dice que comprende que su misión debe ser muy aburrida y que si se lo permite la divertirá, y antes que ella le responda, descontando su respuesta afirmativa, el hombrecito se ha lanzado a referir un complicado cuento que transcurre a mil leguas de allí, allende el mar, en Desvres de Francia. Le explica que ha nacido en Desvres, en casa de los Fourmaintraux, los manufactureros de cerámica. "rue de Poitiers", y que pudo haber sido de color cobalto, o negro, o carmín oscuro, o amarillo cromo, o verde, u ocre rojo, pero que prefiere este azul de ultramar. ¿No es cierto? N'est-ce pas? Y le confía cómo vino por error a Buenos Aires y, adelantándose a las réplicas, dando unos saltitos graciosos, le describe las gentes que transitan por el zaguán: la parda enamorada del carnicero; el mendigo que guarda una moneda de oro en la media; el boticario que ha inventado un remedio para la calvicie y que, de tanto repetir demostraciones y ensayarlo en sí mismo, perdió el escaso pelo que le quedaba; el mayoral del tranvía de los hermanos Lacroze, que escolta a la señora hasta la puerta, galantemente, "comme un gentilhomme", y luego desaparece corneteando...
La Muerte ríe con sus huesos bailoteantes y mira el reloj. Faltan treinta y tres minutos.
Martinito se alisa la barba en punta y, como Buenos Aires ya no le brinda tema y no quiere nombrar a Daniel y a la amistad que los une, por razones diplomáticas, vuelve a hablar de Desvres, del bosque trémulo de hadas, de gnomos y de vampiros, que lo circunda, y de la montaña vecina, donde hay bastiones ruinosos y merodean las hechiceras la noche del sábado. Y habla y habla. Sospecha que a esta Muerte parroquial le agradará la alusión a otras Muertes más aparatosas, sus parientas ricas, y le relata lo que sabe de las grandes Muertes que entraron en Desvres a caballo, hace siglos, armadas de pies a cabeza, al son de los curvos cuernos marciales, "bastante diferentes, n'est-ce pas, de la corneta del mayoral del tránguay", sitiando castillos e incendiando iglesias, con los normandos, con los ingleses, con los borgoñones.
Todo el patio se ha colmado de sangre y de cadáveres revestidos de cotas de malla. Hay desgarradas banderas con leopardos y flores de lis, que cuelgan de la cancela criolla; hay escudos partidos junto al brocal y yelmos rotos junto a las rejas, en el aldeano sopor de Buenos Aires, porque Martinito narra tan bien que no olvida pormenores. Además no está quieto ni un segundo, y al pintar el episodio más truculento introduce una nota imprevista, bufona, que hace reír a la Muerte del barrio de San Miguel, como cuando inventa la anécdota de ese general gordísimo, tan temido por sus soldados, que osó retar a duelo a Madame la Mort de Normandie, y la Muerte aceptó el duelo, y mientras éste se desarrollaba ella produjo un calor tan intenso que obligó a su adversario a despojarse de sus ropas una a una, hasta que los soldados vieron que su jefe era en verdad un individuo flacucho, que se rellenaba de lanas y plumas, como un almohadón enorme, para fingir su corpulencia.
La Muerte ríe como una histérica, aferrada al forjado coronamiento del aljibe.
-Y además... -prosigue el hombrecito del azulejo.
Pero la Muerte lanza un grito tan siniestro que muchos se persignan en la ciudad, figurándose que un ave feroz revolotea entre los campanarios. Ha mirado su reloj de nuevo y ha comprobado que el plazo que el destino estableció para Daniel pasó hace cuatro minutos. De un brinco se para en la mitad del patio, y se desespera. ¡Nunca, nunca había sucedido esto, desde que presta servicios en el barrio de San Miguel! ¿Qué sucederá ahora y cómo rendirá cuentas de su imperdonable distracción? Se revuelve, iracunda, trastornando el emplumado sombrero y el moño, y corre hacia Martinito. Martinito es ágil y ha conseguido, a pesar del riesgo y merced a la ayuda de los delfines de mármol adheridos al brocal, descender al patio, y escapa como un escarabajo veloz hacia su azulejo del zaguán. La Muerte lo persigue y lo alcanza en momentos en que pretende disimularse en la monotonía del zócalo. Y lo descubre, muy orondo, apoyado en el bastón, espejeantes las calzas de caballero antiguo.
-Él se ha salvado -castañetean los dientes amarillos de la Muerte-, pero tú morirás por él.
Se arranca el mitón derecho y desliza la falange sobre el pequeño cuadrado, en el que se diseña una fisura que se va agrandando; la cerámica se quiebra en dos trozos que caen al suelo. La Muerte los recoge, se acerca al aljibe y los arroja en su interior, donde provocan una tos breve al agua quieta y despabilan a la vieja tortuga ermitaña. Luego se va, rabiosa, arrastrando los encajes lúgubres. Aun tiene mucho que hacer y esta noche nadie volverá a burlarse de ella.
Los dos médicos jóvenes regresan por la mañana. En cuanto entran en la habitación de Daniel se percatan del cambio ocurrido. La enfermedad hizo crisis como presumían. El niño abre los ojos, y su madre y sus tías lloran, pero esta vez es de júbilo. El doctor Pirovano y el doctor Wilde se sientan a la cabecera del enfermo. Al rato, las señoras se han contagiado del optimismo que emana de su buen humor. Ambos son ingeniosos, ambos están desprovistos de solemnidad, a pesar de que el primero dicta la cátedra de histología y anatomía patológica y de que el segundo es profesor de medicina legal y toxicología, también en la Facultad de Buenos Aires. Ahora lo único que quieren es que Daniel sonría. Pirovano se acuerda del tiempo no muy lejano en que urdía chascos pintorescos, cuando era secretario del disparatado Club del Esqueleto, en la Farmacia del Cóndor de Oro, y cambiaba los letreros de las puertas, robaba los faroles de las fondas y las linternas de los serenos, echaba municiones en las orejas de los caballos de los lecheros y enseñaba insolencias a los loros. Daniel sonríe por fin y Eduardo Wilde le acaricia la frente, nostálgico, porque ha compartido esa vida de estudiantes felices, que le parece remota, soñada, irreal.
Una semana más tarde, el chico sale al patio. Alza en brazos a la gata gris y se apresura, titubeando todavía, a visitar a su amigo Martinito. Su estupor y su desconsuelo corren por la casa, al advertir la ausencia del hombrecito y que hay un hueco en el lugar del azulejo extraño. Madre y tías, criadas y cocinera, se consultan inútilmente. Nadie sabe nada. Revolucionan las habitaciones, en pos de un indicio, sin hallarlo. Daniel llora sin cesar. Se aproxima al brocal del aljibe, llorando, llorando, y logra encaramarse y asomarse a su interior. Allá dentro todo es una fresca sombra y ni siquiera se distingue a la tortuga, de modo que menos aun se ven los fragmentos del azulejo que en el fondo descansan. Lo único que el pozo le ofrece es su propia imagen, reflejada en un espejo oscuro, la imagen de un niño que llora.
El tiempo camina, remolón, y Daniel no olvida al hombrecito. Un día vienen a la casa dos hombres con baldes, cepillos y escobas. Son los encargados de limpiar el pozo, y como en cada oportunidad en que cumplen su tarea, ese es día de fiesta para las pardas, a quienes deslumbra el ajetreo de los mulatos cantores que, semidesnudos, bajan a la cavidad profunda y se están ahí largo espacio, baldeando y fregando. Los muchachos de la cuadra acuden. Saben que verán a la tortuga, quien sólo entonces aparece por el patio, pesadota, perdida como un anacoreta a quien de pronto trasladaran a un palacio de losas en ajedrez. Y Daniel es el más entusiasmado, pero algo enturbia su alegría, pues hoy no le será dado, como el año anterior, presentar la tortuga a Martinito. En eso cavila hasta que, repentinamente, uno de los hombres grita, desde la hondura, con voz de caverna:
-¡Ahí va algo, abarájenlo!
Y el chico recibe en las manos tendidas el azulejo intacto, con su hombrecito en el medio; intacto, porque si un enano francés estampado en una cerámica puede burlar a la Muerte, es justo que también puedan burlarla las lágrimas de un niño.
FIN

La mañana verde - Ray Bradbury

Cuando el sol se puso, el hombre se acuclilló junto al sendero y preparó una cena frugal y escuchó el crepitar de las llamas mientras se llevaba la comida a la boca y masticaba con aire pensativo. Había sido un día no muy distinto de otros treinta, con muchos hoyos cuidadosamente cavados en las horas del alba, semillas echadas en los hoyos, y agua traída de los brillantes canales. Ahora, con un cansancio de hierro en el cuerpo delgado, yacía de espaldas y observaba cómo el color del cielo pasaba de una oscuridad a otra.
Se llamaba Benjamín Driscoll, tenía treinta y un años, y quería que Marte creciera verde y alto con árboles y follajes, produciendo aire, mucho aire, aire que aumentaría en cada temporada. Los árboles refrescarían las ciudades abrasadas por el verano, los árboles pararían los vientos del invierno. Un árbol podía hacer muchas cosas: dar color, dar sombra, fruta o convertirse en paraíso para los niños; un universo aéreo de escalas y columpios, una arquitectura de alimento y de placer, eso era un árbol. Pero los árboles, ante todo, destilaban un aire helado para los pulmones y un gentil susurro para los oídos, cuando uno está acostado de noche en lechos de nieve y el sonido invita dulcemente a dormir.
Benjamín Driscoll escuchaba cómo la tierra oscura se recogía en sí misma, en espera del sol y las lluvias que aún no habían llegado. Acercaba la oreja al suelo y escuchaba a lo lejos las pisadas de los años e imaginaba los verdes brotes de las semillas sembradas ese día; los brotes buscaban apoyo en el cielo, y echaban rama tras rama hasta que Marte era un bosque vespertino, un huerto brillante.
En las primeras horas de la mañana, cuando el pálido sol se elevase débilmente entre las apretadas colinas, Benjamín Driscoll se levantaría y acabaría en unos pocos minutos con un desayuno ahumado, aplastaría las cenizas de la hoguera y empezaría a trabajar con los sacos a la espalda, probando, cavando, sembrando semillas y bulbos, apisonando levemente la tierra, regando, siguiendo adelante, silbando, mirando el cielo claro cada vez más brillante a medida que pasaba la mañana.
-Necesitas aire -le dijo al fuego nocturno.
El fuego era un rubicundo y vivaz compañero que respondía con un chasquido, y en la noche helada dormía allí cerca, entornando los ojos, sonrosados, soñolientos y tibios.
-Todos necesitamos aire. Hay aire enrarecido aquí en Marte. Se cansa uno tan pronto... Es como vivir en la cima de los Andes. Uno aspira y no consigue nada. No satisface.
Se palpó la caja del tórax. En treinta días, cómo había crecido. Para que entrara más aire había que desarrollar los pulmones o plantar más árboles.
-Para eso estoy aquí -se dijo. El fuego le respondió con un chasquido-. En las escuelas nos contaban la historia de Juanito Semillasdemanzana, que anduvo por Estados Unidos plantando semillas de manzanos. Bueno, pues yo hago más. Yo planto robles, olmos, arces y toda clase de árboles; álamos, cedros y castaños. No pienso sólo en alimentar el estómago con fruta, fabrico aire para los pulmones. Cuando estos árboles crezcan algunos de estos años, ¡cuánto oxígeno darán!
Recordó su llegada a Marte. Como otros mil paseó los ojos por la apacible mañana y se dijo:
-¿Qué haré yo en este mundo? ¿Habrá trabajo para mí?
Luego se había desmayado.
Volvió en sí, tosiendo. Alguien le apretaba contra la nariz un frasco de amoníaco.
-Se sentirá bien en seguida -dijo el médico.
-¿Qué me ha pasado?
-El aire enrarecido. Algunos no pueden adaptarse. Me parece que tendrá que volver a la Tierra.
-¡No!
Se sentó y casi inmediatamente se le oscurecieron los ojos y Marte giró dos veces debajo de él. Respiró con fuerza y obligó a los pulmones a que bebieran en el profundo vacío.
-Ya me estoy acostumbrando. ¡Tengo que quedarme!
Lo dejaron allí, acostado, boqueando horriblemente, como un pez. «Aire, aire, aire -pensaba-. Me mandan de vuelta a causa del aire.» Y volvió la cabeza hacia los campos y colinas marcianos, y cuando se le aclararon los ojos vio en seguida que no había árboles, ningún árbol, ni cerca ni lejos. Era una tierra desnuda, negra, desolada, sin ni siquiera hierbas. Aire, pensó, mientras una sustancia enrarecida le silbaba en la nariz. Aire, aire. Y en la cima de las colinas, en la sombra de las laderas y aun a orillas de los arroyos, ni un árbol, ni una solitaria brizna de hierba. ¡Por supuesto! Sintió que la respuesta no le venía del cerebro, sino de los pulmones y la garganta. Y el pensamiento fue como una repentina ráfaga de oxígeno puro, y lo puso de pie. Hierba y árboles. Se miró las manos, el dorso, las palmas. Sembraría hierba y árboles. Ésa sería su tarea, luchar contra la cosa que le impedía quedarse en Marte. Libraría una privada guerra hortícola contra Marte. Ahí estaba el viejo suelo, y las plantas que habían crecido en él eran tan antiguas que al fin habían desaparecido. Pero ¿y si trajera nuevas especies? Árboles terrestres, grandes mimosas, sauces llorones, magnolias, majestuosos eucaliptos. ¿Qué ocurriría entonces? Quién sabe qué riqueza mineral no ocultaba el suelo, y que no asomaba a la superficie porque los helechos, las flores, los arbustos y los árboles viejos habían muerto de cansancio.
-¡Permítanme levantarme! -gritó-. ¡Quiero ver al coordinador!
Habló con el coordinador de cosas que crecían y eran verdes, toda una mañana. Pasarían meses, o años, antes de que se organizasen las plantaciones. Hasta ahora, los alimentos se traían congelados desde la Tierra, en carámbanos volantes, y unos pocos jardines públicos verdeaban en instalaciones hidropónicas.
-Entretanto, ésta será su tarea -dijo el coordinador-. Le entregaremos todas nuestras semillas; no son muchas. No sobra espacio en los cohetes por ahora. Además, estas primeras ciudades son colectividades mineras, y me temo que sus plantaciones no contarán con muchas simpatías.
-¿Pero me dejarán trabajar?
Lo dejaron. En una simple motocicleta, con la caja llena de semillas y retoños, llegó a este valle solitario, y echó pie a tierra.
Eso había ocurrido hacía treinta días, y nunca había mirado atrás. Mirar atrás hubiera sido descorazonarse para siempre. El tiempo era excesivamente seco, parecía poco probable que las semillas hubiesen germinado. Quizá toda su campaña, esas cuatro semanas en que había cavado encorvado sobre la tierra, estaba perdida. Clavaba los ojos adelante, avanzando poco a poco por el inmenso valle soleado, alejándose de la primera ciudad, aguardando la llegada de las lluvias.
Mientras se cubría los hombros con la manta, vio que las nubes se acumulaban sobre las montañas secas. Todo en Marte era tan imprevisible como el curso del tiempo. Sintió alrededor las calcinadas colinas, que la escarcha de la noche iban empapando, y pensó en la tierra del valle, negra como la tinta, tan negra y lustrosa que parecía arrastrarse y vivir en el hueco de la mano, una tierra fecunda en donde podrían brotar unas habas de larguísimos tallos, de donde caerían quizás unos gigantes de voz enorme, dándose unos golpes que le sacudirían los huesos.
El fuego tembló sobre las cenizas soñolientas. El distante rodar de un carro estremeció el aire tranquilo. Un trueno. Y en seguida un olor a agua.
«Esta noche -pensó. Y extendió la mano para sentir la lluvia-. Esta noche.»
Lo despertó un golpe muy leve en la frente.
El agua le corrió por la nariz hasta los labios. Una gota le cayó en un ojo, nublándolo. Otra le estalló en la barbilla.
La lluvia.
Fresca, dulce y tranquila, caía desde lo alto del cielo como un elíxir mágico que sabía a encantamientos, estrellas y aire, arrastraba un polvo de especias, y se le movía en la lengua como raro jerez liviano.
Se incorporó. Dejó caer la manta y la camisa azul. La lluvia arreciaba en gotas más sólidas. Un animal invisible danzó sobre el fuego y lo pisoteó hasta convertirlo en un humo airado. Caía la lluvia. La gran tapa negra del cielo se dividió en seis trozos de azul pulverizado, como un agrietado y maravilloso esmalte, y se precipitó a tierra. Diez mil millones de diamantes titubearon un momento y la descarga eléctrica se adelantó a fotografiarlos. Luego oscuridad y agua.
Calado hasta los huesos, Benjamín Driscoll se reía y se reía mientras el agua le golpeaba los párpados. Aplaudió, y se incorporó, y dio una vuelta por el pequeño campamento, y era la una de la mañana.
Llovió sin cesar durante dos horas. Luego aparecieron las estrellas, recién lavadas y más brillantes que nunca.
El señor Benjamín Driscoll sacó una muda de ropa de una bolsa de celofán, se cambió, y se durmió con una sonrisa en los labios.
El sol asomó lentamente entre las colinas. Se extendió pacíficamente sobre la tierra y despertó al señor Driscoll.
No se levantó en seguida. Había esperado ese momento durante todo un interminable y caluroso mes de trabajo, y ahora al fin se incorporó y miró hacia atrás.
Era una mañana verde.
Los árboles se erguían contra el cielo, uno tras otro, hasta el horizonte. No un árbol, ni dos, ni una docena, sino todos los que había plantado en semillas y retoños. Y no árboles pequeños, no, ni brotes tiernos, sino árboles grandes, enormes y altos como diez hombres, verdes y verdes, vigorosos y redondos y macizos, árboles de resplandecientes hojas metálicas, árboles susurrantes, árboles alineados sobre las colinas, limoneros, tilos, pinos, mimosas, robles, olmos, álamos, cerezos, arces, fresnos, manzanos, naranjos, eucaliptos, estimulados por la lluvia tumultuosa, alimentados por el suelo mágico y extraño, árboles que ante sus propios ojos echaban nuevas ramas, nuevos brotes.
-¡Imposible! -exclamó el señor Driscoll.
Pero el valle y la mañana eran verdes.
¿Y el aire?
De todas partes, como una corriente móvil, como un río de las montañas, llegaba el aire nuevo, el oxígeno que brotaba de los árboles verdes. Se podía ver brillando en las alturas, en oleadas de cristal. El oxígeno, fresco, puro y verde, el oxígeno frío que transformaba el valle en un delta frondoso. Un instante después las puertas de las casas se abrirían de par en par y la gente se precipitaría en el milagro nuevo del oxígeno, aspirándolo en bocanadas, con mejillas rojas, narices frías, pulmones revividos, corazones agitados, y cuerpos rendidos animados ahora en pasos de baile.
Benjamín Driscoll aspiró profundamente una bocanada de aire verde y húmedo, y se desmayó.
Antes de que despertara de nuevo, otros cinco mil árboles habían subido hacia el sol amarillo.
FIN

El juego del destino - Verónica Sukaczer




lunes, 5 de mayo de 2014

Textos expositivos

Sistemas Operativos de Bolsillo

 

Si estás pensando en cambiar de móvil pero no sabes por cual decidirte, a continuación queremos hacerte un pequeño resumen de las características, beneficios y desventajas que puedes encontrar en cada sistema operativo móvil.

 

Android

Inicialmente desarrollado por Android Inc., una firma adquirida por Google en el 2005. Este sistema operativo está basado en una versión modificada del Kernel de Linux.
Al contrario que otros sistemas operativos para dispositivos móviles como iOS o Windows Phone, Android se desarrolla de forma abierta y se puede acceder tanto al código fuente como al listado de incidencias donde podemos ver problemas aún no resueltos y reportar problemas nuevos. En definitiva se trata de una ventaja tanto para los que desarrollan sus aplicaciones como para sus usuarios. Puedes personalizar tu teléfono al máximo y modificar funciones del teléfono simplemente instalando una aplicación.
Otro punto a favor de Android es la increible confianza que está recibiendo de los fabricantes. Gracias a ello, la oferta de teléfonos con Android es amplia y la oferta es variada tanto en marcas como en precios.
Hoy en día uno de los aspectos negativos de Android es su fragmentación: aunque va mejorando, actualizar el sistema operativo a nuevas versiones no es tan fácil. También comparando con otros sistemas operativos, la cantidad de juegos disponible para Android es menor.

Windows Phone

Anteriormente llamado Windows Mobile es un s. o. móvil compacto desarrollado por Microsoft, y diseñado para su uso en teléfonos inteligentes (Smartphones) y otros dispositivos móviles. Windows Phone hace parte de los sistemas operativos con interfaz natural de usuario.
Se basa en el núcleo del sistema operativo Windows CE y cuenta con un conjunto de aplicaciones básicas utilizando las API de Microsoft Windows. Está diseñado para ser similar a las versiones de escritorio de Windows estéticamente. Además, existe una gran oferta de software de terceros disponible para Windows Mobile, la cual se puede adquirir a través de Windows Marketplace for Mobile.
Un diseño moderno, práctico, atractivo y con características innovadoras han sorprendido ya a más de uno. Windows Phone cuenta con una gran inversión y se ha diseñado para competir con los más grandes: el resultado es un sistema moderno y capaz.
La variedad de móviles con Windows Phone no es tan amplia como la que ofrecen Android o Symbian, aunque está en crecimiento.

Por otra parte, al llegar algo más tarde a la primera división del firmamento móvil, la cantidad de aplicaciones disponibles en estos momentos es baja, aunque están facilitando el trabajo a los desarrolladores para llenar el hueco rápidamente.

jueves, 10 de abril de 2014

Clases de palabras

Clases de palabras
Sustantivos
Nombran objetos, personas, lugares, ideas, sentimientos.
Varían en género y número.
Clasificación semántica
Comunes
Designan unidades o conjuntos de seres u objetos que pertenecen a la misma clase, es decir, que poseen rasgos en común.
Propios
Designan un individuo, un objeto o un lugar particulares (reales o imaginarios)
Concretos
Designan seres o elementos reales o imaginarios que poseen entidad por sí mismos
Abstractos
Designan cualidades, sucesos, estados cuya existencia depende de la existencia de otros.

Individuales
Designan en singular, un elemento o individuo.
Colectivos
Designan en singular, un conjunto de elementos o individuos.

Pronombres
Es una palabra de significado ocasional (depende de la situación comunicativa en que se utiliza).
Morfológicamente, algunos son invariables (que) y otros varían sólo en número (quién), sólo en género, en género y en número (este/a, esto/as/os) o tienen género neutro (algo)
Semánticamente, se clasifican en:
Personales
Señalan a los participantes de la situación comunicativa
Al emisor: yo, me, mí, conmigo, nosotros, nos
Al receptor: vos, tú, te, contigo, usted/es
Al referente: él/ellos, ella/s, ellos, se, sí, consigo, le/s, lo/s, la/s
Posesivos
Señalan posesión
Del emisor: mío/a/s, nuestro/a/s,
Del receptor: tuyo/a/s, suyo/a/s
Del referente: suyo/a/s
Demostrativos
Señalan distancia del emisor respecto de lo que señala
Cerca del emisor: éste/os, ésta/s, esto
Cerca del receptor: ese/os, esa/s, eso
Lejos de ambos: aquel/lla/llo/s
Indefinidos
Señalan un referente de manera imprecisa
Alguno/a/s, uno/s, cualquiera/cualesquiera, alguien, nadie, ninguno/a, algo, nada, todo/a/s, poco/s, otro/a/s
Relativos
Remiten a un sustantivo, oración o fragmento ya dicho
Que, quien/es, cual/es
Cuando, como, donde
Enfáticos
Remiten a una entidad o situación por la cual se pregunta o exclama.
Qué, quien/es, cuál/es,
Cuándo, cómo, dónde.


Adjetivo
Es la clase de palabra que se usa para ampliar o precisar el significado de los sustantivos; o para señalar el objeto nombrado por el sustantivo. Generalmente, los adjetivos concuerdan en género y número con el sustantivo al que modifican:
Semánticamente se clasifican en:
Descriptivos
Añaden características o cualidades al significado del sustantivo.
·   Calificativos: caracterizan al sustantivo designando su cualidad, propiedad o estado
       Ana es sincera.                                                 El clima templado.                                                    Estoy enfermo.
·   Numerales: indican cantidad u orden numérico.
Cardinales: expresan número; uno, dos, tres, cinco, doce…
Ordinales: expresan orden; primero, segundo, tercero, vigésimo, centésimo primero…
Distributivos: indican distribución; ambos, sendos
Múltiplos: expresan multiplicación; doble, triple, cuádruple, séxtuplo…
Partitivos: indican una fracción, dan idea de división: medio, cuarto, quinto, sexta parte…
·   Gentilicios: indican el lugar de procedencia del sustantivo al que modifican.
Joaquín es argentino.                                                                                             Mis tíos son australianos.
Ellos son estadounidenses.                                                                                    Francisco es genovés
No descriptivos
Precisan información y señalan la relación del sustantivo con el contexto, limitando su alcance.
·   Demostrativos: señalan la distancia del que habla. Este, ese, aquel…
·   Posesivos: indican la posesión del sustantivo que modifican. Mi, tu, nuestro/s…
·   Indefinidos: se refieren de un modo general al sustantivo que modifican, sin definir por completo su ubicación o cantidad. Cierto/a, alguno/a/s, cualquier…
·   Relativos: añaden una relación de posesión o de cantidad: cuyo/cuanto, sus femeninos y plurales.
·   Interrogativos y exclamativos: se utilizan de manera enfática. Cuál, cuánto/a/s.
Grados de significado
Positivo: simplemente expresa la cualidad o estado
Superlativo: intensifica el significado al máximo
Comparativo: establece una comparación entre la cualidad o el estado de dos sustantivos o adjetivos.
Superioridad                                                            Igualdad                                              Inferioridad
más inteligente que…                                      tan simpático como…                          menos amable que…










Adverbio
Es la clase de palabras que modifica el significado del verbo, de un adjetivo o de otro adverbio.
Algunos admiten ciertas variaciones, como el diminutivo (cerquita) o los grados comparativo (más lejos que) y superlativo (muy lejos)
Significado
Clase
Ejemplos
Fijo
Tiempo
Lugar
Modo
Cantidad
Afirmación
Negación
Duda
Antes, después, mañana, entonces
Cerca, lejos, arriba, abajo, alrededor
Bien, mal y los terminados en –mente
Más, menos, demasiado, mucho, poco
Sí, también, ciertamente
No, jamás, nunca
Probablemente, quizás, acaso
Ocasional
Relativos
Interrogativos
Demostrativos
Donde, cuando, cuanto, como
Dónde, cuándo, cuánto, cómo
Acá, ahí, hoy
Verboides
Son las formas no conjugadas de los verbos y por lo tanto no son núcleos del predicado verbal. Hay tres formas: infinitivo, participio y gerundio, cada uno con sus propias desinencias.
Infinitivo: ar, er, ir
Infinitivo y conjugaciones
En todo verbo se reconoce una raíz y una desinencia. Las desinencias del infinitivo permiten clasificar los verbos en tres conjugaciones:
Primera
Segunda
Tercera
Ar
Am - ar
Er
Tem - er
Ir
Part - ir

Gerundio: ando, iendo
Uso del gerundio: cuando funciona como circunstancial, siempre indica una acción simultánea o anterior al verbo núcleo.
Por ejemplo: Llegó cantando / Saliendo de su casa se encontró con Juan.
Participio: ado, ada, ados, adas, ido, ida, idos, idas
Generalmente adoptan una mezcla de funciones de los verbos y de los adjetivos. Por ejemplo, puede llevar complementos cuando forma parte de un verbo compuesto (como en “he comprado fruta”), y puede llevar sujeto (como en “muerto el perro, se acabó la rabia), características ambas propias de los verbos. En cambio, puede concordar en número y género con otro sustantivo (“el niño perdido” y “las niñas perdidas”), y puede llevar cuantificadores (como en “el niño perdidísimo”), características que son propias de los adjetivos.

Artículo
Es una clase de palabras variables que se anteponen al sustantivo, concuerdan con él y anticipan su género y número
El/los  – la/s
Preposición
Son palabras invariables. No se usan solas, expresan relaciones entre palabras.
Las más comunes son: a, ante bajo, con, contre, de, desde, durante, en, entre, hacia, hasta, mediante, para, por, según, sin sobre, tras.
Conjunción
Es una palabra invariable. Une palabras y oraciones que desempeñan la misma función sintáctica.
Y, o, pero, así pues, por consiguiente…
Interjección
Palabra que sirve para expresar la impresión que produce algo visto, sentido u oído.
Eh, ah, oh...

Verbos
Indican acciones, procesos o estados. Se pueden usar en formas conjugadas o no (infinitivo).
El verbo conjugado varía en persona, número, tiempo, modo y aspecto.
Persona y número
Las variaciones de primera, segunda y tercera persona del singular y plural, se corresponden con los pronombres personales.
Persona
Número

Singular
Plural
Pronombre
Verbo
Pronombre
Verbo
Primera
Yo
Juego
Nosotros
Jugamos
Segunda
tú
Vos
Usted
Juegas
Jugás
Juega
Vosotros
Ustedes
Jugáis
Juegan 
Tercera
él/ ella
Juega
Ellos
Juegan

Tiempo
Los tiempos se organizan a partir del presente, que es el de la emisión de un mensaje o enunciado. De esta manera, el presente expresa simultaneidad, el pretérito anterioridad y el futuro posterioridad.
Modo
La desinencia se corresponde con un modo verbal que expresa la intención del emisor respecto de su mensaje.
Modo
Expresa
Ejemplos
Indicativo
Certeza
Posibilidad
Ella cantó.
Ella cantaría.
Subjuntivo
Duda
Deseo
Posibilidad
Quizás ella cante.
Ojalá ella cante.
Posiblemente ella cante.
Imperativo
Orden
Cantá.